La casita de junto al cielo

 Ron, amigo holandés que vivió en España los últimos 5 años, me hizo una visita en el verano pasado. Robusto y de manos grandes como guantes de béisbol, añoraba la comida peruana y la bizarra contradicción que notaba a cada instante y en cada rincón de su ya entrañable ciudad de los reyes: Lima. En España, Ron alquilaba un espacioso departamento en el centro de la hermosa e inagotable ciudad de Madrid. Se había acostumbrado a su arquitectura, a su gente, a su extraña mezcla de modernidad y sereno espíritu de provincia que, debo recalcar, cada vez va inclinándose hacia la uniformidad cansina del primer mundo. Vivía solo allá, y le resultaba más cómodo y rentable vivir en Madrid que en Holanda. No es un sedentario y aburrido amante de su tierra, sino mas bien, adora descubrir nuevos territorios donde poder respirar aires nuevos, y donde poder sentirse un extraño, un habitante del mundo en búsqueda de nuevas rutas y destinos. Bueno pues, apenas llega a Lima, y lo primero que hizo fue enseñarme fotos de su departamento en Madrid, que comparado a mi humilde cuarto en el cual vivo arrimado hace un buen tiempo, era poco menos que un palacio real. En el transcurso del tramo entre el aeropuerto a la ciudad, viendo las fotos, y charlando sobre la situación en España, sobre todo lo relacionado a inmigrantes, alquileres de viviendas, rentas, y detalles relevantes para quien habla (pienso seriamente en alojarme en Madrid muy pronto), Ron me confesó que su estadía en Lima debía ser algo especial, y que no quería llegar a ningún Hotel para turistas aburridos, sino que buscaba algo diferente. “Déjame pensar en algo” le dije, mientras el taxi avanzaba internándose ya en el tráfico de la jungla de cemento. “He conocido a una  chica por Internet” me  comentó mientras sus ojos se abrían como dos lunas. Una asistenta social que vivía en el populoso distrito del Rimac, y que lo alojaría en su casa. “En el cerro San Cristóbal” me dijo,  con la inocencia entrañable del que dice “Quiero conocer Irak, debe ser tan hermoso…”. 

Al día siguiente lo acompañé. La chica alquilaba un cuarto en el cerro, pero además de ser asistenta social, se dedicaba a buscar departamentos y alquilarlos a turistas, por zonas pobres pero económicas, con la promesa de hacer de su estadía algo diferente y especial. Casas antiguas, con balcones coloniales que se caían a pedazos, departamentos minúsculos, cuartuchos inverosímiles, en quintas y solares cuya sola visión te haría salir huyendo en el acto. La susodicha se ganaba algunos centavos de esta manera. Ron, el holandés errante, como le llamo yo, miró el imponente cerro San Cristóbal, donde la chica vivía y le dijo, “Aquí quiero vivir”, a pesar de mi mirada de terror. Los días siguientes, Ron descubrió en la peruana algo nunca antes visto al parecer, pues le propuso matrimonio. Luego, alquiló un departamento con vista al mar en una zona residencial, y allí pasaron su pre luna de miel, acaramelados, escuchando el gemido de las olas. La última vez que lo vi, estaba feliz, y a pesar de los lujos de su estrenado departamento extrañaba su “casita de junto al cielo” en su adorado cerro San Cristóbal.

 
18/12/2007 18:35 Autor: realestatespain. Enlace permanente.

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